Mi
consulta al I Ching:
El hábito cultural occidental confiere autoridad al
saber, a la verdad obtenida a través del conocimiento científico. Desde este enfoque, muchas de las cuestiones que se
plantean quienes estudian al ser humano, aún carecen de respuestas.
Regiones de nuestro mundo interior nos son desconocidas. No podemos, por ejemplo, dar a un individuo, de manera
artificial la facultad de ser feliz. Desconocemos cuáles son las condiciones de vida más
favorables para el desarrollo del hombre civilizado. Los elementos reunidos de todas las ciencias cuyo objeto
es el hombre no alcanzan. Hasta nuestro conocimiento de nosotros mismos
es primario. Ocurre que cuanto más avance científico adquiere la
civilización, más nos olvidamos que los aparentes secretos y misterios
que guardamos como seres, sólo pueden ser accesibles cuando nos identificamos
con la esencia creadora del universo, con el principio máximo y supremo,
llámeselo como se lo quiera llamar. Cuando el hombre gracias a la fe, se conecta a la mas
elevada expresión del amor, comprende el funcionamiento de leyes que
son universales, y comienza a comprenderse a sí mismo. Esta postura nos consta desde antiguo, ya que la Biblia
nos habla de un paraíso terrenal, donde el hombre vive, en armonía con
lo supremo y con la naturaleza, sin violencia, sin tener que matar.
Desconoce las leyes, se opone a ellas y pierde la armonía y el verdadero
conocimiento, cae en la enfermedad del alma; después la del cuerpo. Cristo, a través de la fe del amor, ilumina a los hombres,
obra en el subconsciente del enfermo que se unifica con él mediante
la fe y produce una milagrosa reordenación de las células. El médico que intenta practicar el arte de curar se
guía con este criterio; no hace milagros, pero desarrolla una sapiencia
que es más poderosa que las intenciones plenamente conscientes y voluntarias,
a las que también abarca. Y ese misterio que es el organismo humano
y sus mecanismos, ya no son tan misteriosos. La intuición guiada con
amor y el afán de servir, desentrañan el misterio de la vida. Respeta las leyes naturales, las jerarquías: la naturaleza,
fuerza primaria, se entrega a un orden superior, lo creativo, recibiendo
su estímulo. La naturaleza, representada en el plano más concreto
por la Tierra en toda su inmensidad, tiene una riqueza grandiosa que
nutre a todos los seres y desparrama belleza, estas cualidades la colocan
a la altura de lo esencial para recibir el mandato de lo creativo. Esto
en la salud humana significa no independizarse anárquicamente, sino
dejarse conducir de acuerdo a las leyes, con entrega. Esta es la tarea
más importante en lo pequeño, de cada individuo, como hijo de la madre
Tierra, para que la dualidad entre lo sensual, sensorial y lo espiritual,
funcione como un par complementario, y no como opuestos destructivos. Obra la cualidad intrínseca del hexagrama: la entrega
ferviente. Se pueden comprender las palabras de Goethe:
La profundidad desconocida, del ser psicofísico, se
expande hacia la luz de la superficie, permitiendo con el orden natural,
que obra desde la tierra, desde la actitud femenina, receptiva y protectora,
su recuperación. O de lo contrario, sin respeto por ese orden, se entrega
a la loca carrera de su autodestrucción. Hipócrates en el año 400 A.C., guiado por la
ley de causa y efecto, construyó sus aforismos sobre la base de que
la vida de todo ser tiene una esencia orgánica y defensas que no fallan
nunca mientras no se las entorpezcan. La enfermedad no es mas que una
sabia respuesta del organismo, que mediante una crisis curativa y defensiva
establece el equilibrio que rige la salud. Reeducando las funciones desviadas, verdadera causa
del mal: alimentación inapropiada para la naturaleza humana, insuficiente
eliminación de los tóxicos, se recuperan las defensas orgánicas, sin
paralizar la crisis curativa. Hipócrates decía: “que tu
alimento sea tu medicina y tu medicina el alimento” La Tierra con sus productos guía la alimentación; ésta
misma activa los órganos de eliminación (emuntorios), sin recurrir a
mecanismos prestados. Hipócrates decía: “Si quieres
curarte haz lo contrario de lo que hiciste para enfermar” Frente a la enfermedad el camino es largo y obra la
perseverancia; hay un primer momento de extremo recogimiento y meditación
que requieren apartarse de la vida común (equinoccio de primavera y
solsticio de invierno), es un tiempo de limpieza profunda; en soledad
recibir de lo creativo el aliento purificador para luego seguir el trabajo
con el propio organismo, consciente
y activo, con exigentes cuidados, es el medio día, el equinoccio otoñal
y el solsticio estival. Lo receptivo en función de lo creativo. No desbordan las circunstancias, si hay sereno sometimiento
a los designios naturales inspirados por lo sublime de la creación,
al contrario, se fortalece el ser, así como la tierra, para no quedar
a merced de la enfermedad. La Tierra depura a sus criaturas y se autodepura, tan
solo no hay que alterar las condiciones naturales. Hay una función primordial: una energía vital vibrante,
que provoca un recambio permanente de materiales entre el individuo
y el medio que lo rodea; cuando esto es correcto constituye la salud. Hay una enfermedad: el recambio incorrecto, causante
de las afecciones y acumulaciones tóxicas en los tejidos. Hay una sola terapia. La vuelta al recambio correcto
que provoca la desintoxicación y la recuperación de la salud. Hay una intoxicación física y otra psíquica. La primera
implica el abandono de la línea
recta y sencilla, sin presunción, que señala la Tierra receptiva y noblemente
magna, y descompone a la segunda, depositaria de lo creativo. Sólo recomponiendo
la primera el paciente se transforma en un buscador de la verdad seguidor
de las leyes naturales, cuyo conjunto constituye una perfecta mente
cósmica proveniente del supremo hacedor. En estas condiciones la mente
y el ser individual íntegro constituyen una síntesis de la mente cósmica,
con esta armonía el organismo cura solo, usando su propia energía vital.
Para esto requiere una conducta sin vanidad, dado que
los procedimientos para con el propio cuerpo se desenvuelven en soledad
y con concentración. Este camino no confiere méritos, pero confiere claridad
de consciencia, que puede luego servir a los semejantes. En síntesis: entrega ferviente a las leyes naturales
que rigen los fenómenos sobre la tierra. De esta manera lo receptivo
femenino y protector es conducido suavemente por la esencia de lo creativo.
Se cumple con el orden cósmico universal, no hay desvío, se mantiene
la salud en todos los planos del ser individual y universal.
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