Introducción
Como
había indicado al término de la primera parte del artículo comenzaremos esta
segunda parte con un recorte de las reflexiones de Richard Wilhelm respecto a
la configuración del destino en China, recorte realizado sobre los aspectos más
relacionados con el I Ching.
Estas
reflexiones corresponden a un capítulo del libro de Wilhelm titulado: “La
sabiduría del I Ching”, capítulo que precisamente lleva por título: “El dominio
del destino en China”. La fecha aproximada de esta producción es el año 1923.
Posteriormente
expondré una apretada síntesis de los conceptos psicológicos Junguianos de
Consciencia, Inconsciente Personal, Inconsciente Colectivo y Arquetipos.
En
una tercera parte de este artículo proseguiremos con el análisis de la poesía
de Borges.
1- El dominio del destino en China según Richard Wilhelm
“En
China, al igual que en todo el mundo, el hombre descubrió muy pronto que estaba
a merced de un destino más poderoso que él. De manera instintiva trata entonces
de interpretar el acontecer que le envuelve y de cuya trama forma parte, con el
propósito de, a partir de esta interpretación, hacerse con un criterio que
responda al flujo del acontecer de tal forma que tanto la vida propia, como la
de la familia o la de la tribu queden a salvo de los peligros que comportan las
oscilaciones adversas del destino. Lo peculiar de la sabiduría china en este
punto consiste en que, ya muy pronto, adoptó un criterio global que no
contempla arbitrariamente parcelas aisladas de la realidad, como ocurre en el
politeísmo, sino que, desde sus inicios, apuntó hacia el complejo todo del
acontecer. Las “diez mil cosas”, esto es, las distintas criaturas son
observadas dentro del esquema básico de leyes impuestas por el “cielo y la
tierra” o, lo que es igual, por las dimensiones tiempo y espacio. El cielo y la
tierra constituyen no sólo el escenario en el que se desarrolla el drama de las
“diez mil cosas”, sino que son a la vez representantes del principio generador
y del principio de la concepción, de Dios y de la naturaleza.
Esto
está relacionado ciertamente con el hecho de que al principio del período
históricamente accesible a nosotros encontramos en China una religión
astronómica. Dios está sentado en su trono, como supremo soberano, en lo alto
del polo norte, en el cielo, allí donde, en medio del movimiento se encuentra
el centro del reposo. Y los movimientos en el cielo no son arbitrarios; están
regulados y dirigidos por el centro en torno al que todo gira. Pronto aparece
en el campo óptico del hombre el número cuatro, el número de los puntos
cardinales del mundo. Pero aparte de los movimientos de las estrellas fijas,
que marcan el curso de las cuatro estaciones, el hombre descubrió pronto los
cinco planetas: la estrella del agua (Mercurio), la estrella del metal (Venus),
la estrella del fuego (Marte), la estrella de la madera (Júpiter) y la estrella
de la tierra (Saturno). Y también en sus movimientos se descubrió la existencia
de ocultas leyes. Toda vez que el fundamento astronómico de la religión
conducía a una ley que se hallaba más allá del día y la noche, del sol y la
luna, se pasó a reconocer el curso del cielo, la ley cósmica, el sentido del
mundo (en chino, Tao) como fundamento último, situado, no obstante, más allá de
la dualidad de todos los fenómenos. El movimiento se basaba en la dualidad; la
ley, a la que obedece el movimiento, en el Tao,
en el más allá. Y, así, el “camino del cielo” (T’ien Tao) es también la última instancia en el destino de los
seres humanos. Este camino del cielo tiene un lado racional, se le puede
escrutar, descubrir: su estructuración, su voluntad es clara y buena. Pero el Tao no está integrado únicamente por
esta buena y clara voluntad del cielo: detrás está la “cifra”, el fatum, la inexorabilidad irracional,
aunque rara vez se manifieste. Normalmente, todo se desarrolla de acuerdo con
la voluntad buena y clara del cielo, voluntad que también el hombre lleva en su
corazón. Pero a menudo esta clara voluntad no basta para una explicación del
mundo. No todo lo que acontece se puede afrontar racionalmente. Y aquí hace
acto de presencia el fatum.
La
religión astronómica se reflejó en la erección en la tierra del rey sacerdote.
En la misteriosa relación de la criatura con aquellas fuerzas cósmicas, él
permanece en la tierra: sin hacer nada, sin emprender nada, desplegando en
calma su personalidad y, de este modo, moviendo a los seres humanos, como la
estrella del norte, que se halla a su lado, hace que todas las demás estrellas
giren en torno suyo. Él es, a un mismo tiempo, holocausto y sacerdote. Y en
tiempos difíciles, cuando el cielo estaba airado, cargaba con la culpa y, aun
cuando sacrificaba en lugar suyo un toro, lo hacía de tal forma que se
apreciaba claramente que él era el toro propiciatorio que cargaba con los
pecados del mundo: él, el hijo de Dios, era a la vez el sacrificado.”
…
“Posteriormente,
la relación de la familia humana empezó a ocupar un sitio cada vez más decisivo
en el ámbito religioso. Los antepasados se habían convertido en poderes
celestiales, los descendientes se movían en derredor y los bendecían. Y con la
significación del orden humano y la moral, obra común de una larga secuencia de
generaciones, el respeto por los difuntos fue creciendo cada vez más. Por
último, el más elevado antepasado de la estirpe pasó a ocupar un sitio junto al
Dios del cielo. Lo humano se había unido a lo divino a través del puente del
tiempo. Con el patriarcado, el mundo cobró un aspecto nuevo. Junto al camino
del Cielo (T’ien- Tao), del cielo estrellado que se extiende sobre nosotros, apareció
entonces el camino del hombre (Jen- Tao), la ley moral en nosotros. La dinastía
Chou, que imperó en China hacia el año 1100 antes de Cristo, proporcionó su definitiva
hegemonía a esta concepción, que se había ido abriendo paso desde hacía mucho
tiempo.
Estas
dos concepciones del Tao están
relacionadas entre sí y así fueron comprendidas y expuestas por los grandes sabios.
Además esconden diversas posibilidades para quien trata de dominar el destino.
Lao-tse describe un procedimiento; Confucio, otro. En un caso, toda la
naturaleza aparece sometida a las leyes inamovibles de la realidad, que no
conoce reposo, ni fin, aun cuando a través de ella cada estado deja el sitio a
otro en constante sucesión. En semejante mundo de apariencias, en el que todo
punto de vista tiene su derecho precisamente por ser un punto de vista, sólo
cabe un equilibrio de las
concepciones cosmogónicas, sólo un camino para dominar el destino: el camino que va de la apariencia al ser, del
mundo condicionado por el tiempo y el espacio al mundo situado más allá del
espacio y del tiempo. Este es, en definitiva, el camino del místico. Un Lao-tse,
un Chuang-tze lo recorrieron. En otro caso, se ve el cosmos en el mundo, un
cosmos en el que todo tiene su sitio y su derecho, y el hombre intenta dominar
el destino procurando ocupar el sitio que le corresponde o, cuando se tiene
responsabilidad sobre entidades sociales más grandes, como familia, estado,
humanidad, luchando para que cada miembro de estas organizaciones ocupe el
sitio que le corresponde. El camino para ello es la aclaración y fijación
precisa de los conceptos, a fin de que a cada uno le sea asignado el concepto
que le corresponde por su emplazamiento. Un Confucio y un Mencio siguieron este
camino. En este procedimiento es importante acertar con el momento justo, pues
todo el acontecer está sometido a constante mutación. Y ello porque una armonía
con las grandes relaciones cósmicas sólo se puede conseguir si se conoce el
tiempo. Así, Confucio, en sus últimos años, se dedicó a estudiar a fondo el Libro de las mutaciones, cuya sabiduría radica en que sigue
retrospectivamente los distintos estados del mundo de acuerdo con la secuencia
escalonada de su devenir. El Libro de las
mutaciones permite descubrir las raíces de todo devenir. Cuando se conocen
las raíces del devenir, se puede actuar con éxito; pues entonces se puede dar a
los gérmenes la orientación deseada, sin que para ello sea necesario un
dispendio excesivo de fuerza. Toda acción sobre una fuerza contraria
consistente tendrá un éxito proporcional a la relación fuerza-antifuerza; nunca
se puede imponer totalmente a un rival el propio criterio, lo mismo que nunca
se puede alumbrar con violencia un estado a partir de otro. El efecto será
siempre parcial. Por el contrario, el sabio actúa sobre lo difícil cuando aún
es fácil, y sobre lo complicado cuando aún es elemental. Este es el estado
germinal. Por esto es tan importante el conocimiento de los gérmenes. Pero para
conocer los gérmenes hay que conocer el tiempo. Por eso el dominio del destino
preconizado por el confucionismo se basa en el conocimiento de los nombres
(ideas) y del tiempo (devenir).
Si
se puede definir el criterio de Lao-tse como mística mágica, el de Confucio
aparece como una magia (influencia sobre los gérmenes) basada en la
contemplación de las criaturas (nombres y tiempo). Ambos criterios adoptan una
actitud central frente al Tao del
cielo y al Tao del hombre. Practican
magia blanca de estilo superior. Sin embargo en Europa se es en general de la
opinión que Lao-tse alcanza profundidades metafísicas, pero difícilmente se
dice lo mismo de Confucio. En éste se ve al moralista sobrio, al conservador
apegado a lo antiguo, incluso al ciudadano conformista. Y, además,
recientemente se ha intentado explicar, de la mano de una cadena de
casualidades, por qué Confucio ha tenido tanta influencia en el mundo chino:
Pero quien contempla el fondo de las cosas sabe que una gran influencia sólo se
consigue poniendo a contribución grandes fuerzas. Y a través de lo que Confucio
nos ha legado como fruto de su estudio del Libro de las mutaciones, vemos con toda
claridad que utilizó conscientemente las fuerzas que proporcionan una profunda
visión de las criaturas y un profundo conocimiento de las leyes del tiempo y
sus cambios, como, por ejemplo, en el juicio universal que él presenta en forma
de escena histórica en Primavera y otoño.
Pero,
aparte de estas dos orientaciones básicas del dominio del destino, que
podríamos llamar magia blanca, existen otros muchos intentos de controlar el
destino a los que, en conjunto, podríamos llamar magia negra. Como
característica diferencial de la magia negra se podría mencionar que en ella se
emplean métodos para acoplar la voluntad propia a las condiciones ambientales y
a los acontecimientos, sin tener en cuenta si esta voluntad está efectivamente
en armonía, o no, con la ley central del acontecer. Se trata tan sólo de un
desarrollo empírico de las fuerzas, con un objetivo en cierta manera casual. En
tanto que la magia blanca de los héroes de la modelación de la vida china
dirige los movimientos de forma que el yo propio se adapte a las leyes
centrales del mundo y, así, actúe como la estrella del norte en torno a la cual
giran las demás estrellas, la magia negra, sin tener en cuenta el sitio que
corresponde a este yo en el mundo- por lo tanto, más allá del bien y del mal-,
pretende conferir a este yo las fuerzas necesarias para modelar las cosas de
acuerdo con él y constituir su propio centro de rotación del acontecer.
En
definitiva, en la técnica basada en las ciencias naturales descubrimos este
mismo criterio. También aquí, el hombre, al adaptar cada vez más estrechamente
sus métodos a las leyes del acontecer y al arrebatar a éste sus secretos, se
hace con los medios para poner a contribución de sus fines
empírico-individuales fuerzas cada vez más grandes. También aquí la cuestión
básica consiste en saber si, a través de esta fuerza, la humanidad resulta
favorecida o perjudicada. La misma técnica fabrica, de una parte, máquinas de
escribir y aviones y, de otra, venenos y explosiones con los que se arrasan
ciudades enteras. Pero entre la técnica europea y la magia negra hay una
diferencia: la técnica europea obtiene sus fuerzas gracias a una adaptación
elástica y cuidadosa al mundo objetivo o, formulado en forma más comedida, a
las relaciones de la naturaleza, que funcionan mecánicamente en total
independencia respecto a los pensamientos de los hombres. Una bomba provoca
unos efectos concretos totalmente al margen de que se crea o no en su
efectividad. Por el contrario la magia presupone un mundo como deseo ideal;
quiere decirse: tiene que establecer relaciones psíquicas de la índole que sea
para poder actuar con efectividad. La cuestión es en definitiva ésta: ¿cómo
puede el hombre imponer al entorno su visión ideal para que dicho entorno quede
al alcance de sus efectos mágicos?
Naturalmente,
esto era más fácil en tiempos en que la psique colectiva estaba por encima de
la psique individual, en que, por así decir, existía un mundo ideal aún no
disuelto por la crítica y el escepticismo individual, que cuando el fundamento
psíquico común empezó a fallar y los distintos mundos a separarse…”.
Pasemos
ahora a desarrollar el segundo punto propuesto para esta segunda parte del
artículo
2- Consciencia – Inconsciente Personal –
Inconsciente Colectivo – Arquetipos
Mientras
Sigmund Freud consideraba solo la existencia – como estructura de la psique –
de la consciencia y de ciertos aspectos del inconsciente personal – concebido
éste último como un magma incandescente de pulsiones y asiento de lo reprimido
(el Ello) – la visión de Carlos Gustavo Jung de la estructura de la psique era
ampliada a tres niveles diferenciados:
a)
Consciencia
b)
Inconsciente Personal
c)
Inconsciente Colectivo
a) Consciencia
El nivel de la
consciencia se puede metaforizar por una pequeña isla que aparece sobre el
inmenso océano de lo inconsciente. Lo inconsciente personal queda representado
por la parte de cada isla que permanece bajo el agua. El inconsciente colectivo
por el sustrato común a partir del cual se levanta cada isla individual.
Uno de los
primeros y fecundos conceptos elaborados por Jung, en la década inicial del
siglo XX, que ha sido incorporado por otras escuelas psicológicas e incluso en
el lenguaje cotidiano, es el de “complejo”. Es común escuchar decir a la
gente: “tengo un complejo”. Ello no resulta del todo correcto en cuanto a que
más bien correspondería decir que: “un complejo me tiene”, tal cosa resulta de
la autonomía de los complejos del inconsciente personal, que sustraen energía
del sector consciente escapando a su control.
La energía
psíquica a disposición de lo consciente es lo que conocemos bajo el nombre de
voluntad.
En realidad
existen varios tipos de complejos, algunos de ellos operan funcionalmente a
nivel de la consciencia. Son los denominados: “complejos funcionales”,
estos son vitales para el adecuado desenvolvimiento psíquico.
El más
importante de ellos es el complejo funcional del ego o “complejo del yo”.
Este es “un complejo de representaciones que constituye para mi el centro de mi
zona consciente y me parece de la máxima continuidad e identidad respecto de si
mismo. Por eso suelo hablar también del complejo del yo” (Jung).
Para que un
contenido psíquico pueda volverse consciente tiene necesariamente que
relacionarse con el complejo del yo.
Así el área de
lo consciente es donde se despliegan las relaciones entre los contenidos
psíquicos y el complejo del yo.
El sector
consciente de la psique está inscripto en lo espacio-temporal, es decir ni el
espacio ni el tiempo pueden relativizarse en este nivel.
b) Inconsciente Personal
En el
inconsciente personal tenemos actuando, en primer lugar a grupos de
representaciones cargadas de fuerte potencial afectivo, incompatibles con la
actitud consciente, son lo que se denomina “complejos de carga afectiva” – en lenguaje corriente se los denomina abreviadamente como complejos.
“Todo complejo consta,
primordialmente de un 'elemento nuclear', de un 'portador de significado' que
escapado a la voluntad consciente, resulta inconsciente e incontrolable” – este
elemento nuclear es un arquetipo y será analizado al considerarse el inconsciente
colectivo – “, y secundariamente, de una serie de asociaciones a aquel unidas,
que proceden en parte de la disposición personal original y de las vivencias
del individuo, determinadas por el medio ambiente.” (Jung).
Pero
no es este tipo de complejo lo único que existe en este nivel, encontramos
también las percepciones e impresiones subliminales, que penetran al
inconsciente directamente desde el mundo exterior sin ser captadas por la
consciencia y tienen, por el momento, carga energética insuficiente para
‘alcanzar’ el nivel consciente. Además se encuentran en él las combinaciones de
ideas todavía demasiado débiles e indiferenciadas; los retazos de
acontecimientos ocurridos durante el curso de la vida y perdidos por la memoria
consciente; los recuerdos penosos respecto de los cuales hay inversión de
energía psíquica sustraída a la consciencia para evitar su recuerdo; y finalmente
“la suma de las cualidades que nos son inherentes y que nos desagradan y
ocultamos de nosotros mismos, nuestro lado negativo, oscuro”. “Esos diversos
elementos, aunque no estén en conexión con el yo, no por eso dejan de tener
actuación y de influenciar a los procesos conscientes, pudiendo provocar
disturbios tanto de naturaleza psíquica cuanto de naturaleza somática” (Nise Da
Silveira).
En
este nivel de lo inconsciente personal ya comienza a existir relativización
espacio-temporal, esta se profundizará en el siguiente nivel.
c) Inconsciente
Colectivo
“Mientras que el llamado inconsciente
personal comprende contenidos que proceden de la historia vital del individuo,
es decir, todo aquello que fue reprimido, rechazado, olvidado, percibido de
forma subliminal, etc., el inconsciente colectivo abarca contenidos que representan
el sedimento de los modos típicos de reacción de la humanidad, desde sus
orígenes más remotos – sin consideración a diferencias históricas, étnicas o de
cualquier otro tipo – a situaciones como: angustia, lucha contra el poder,
relaciones de los sexos, de los hijos con los padres, figuras paternas y
maternas, actitudes de odio y amor, frente al nacimiento y la muerte, al
dominio del principio de la luz y la sombra, etc.
La facultad decisiva del inconsciente
es la de conducirse en forma compensadora y la de oponer a la consciencia – la
cual normalmente, responde siempre con una reacción individual adaptada a lo
externo en la situación del momento – la reacción correspondiente a las leyes
típicas del interior, procedentes de la experiencia de la humanidad,
para de este modo facilitar al hombre una actitud adecuada conforme a lo
psíquico total”. (Jolande Jacobi)
“Del mismo modo que el cuerpo humano
presenta una anatomía común, siempre la misma, a pesar de todas las diferencias
raciales, así también la psique posee un sustrato común. Llamé a este sustrato
inconsciente colectivo. La cualidad de herencia común trasciende todas las
diferencias de cultura y de actitudes conscientes, y no consiste simplemente de
contenidos capaces de volverse conscientes, sino de disposiciones latentes para
reacciones idénticas. Así el inconsciente colectivo es simplemente una
expresión psíquica de la identidad de la estructura cerebral independiente de
todas las diferencias raciales. De este modo puede ser explicada la analogía,
que va mismo hasta la identidad, entre varios temas míticos y símbolos, y la
posibilidad de comprensión entre los hombres en general. Las múltiples líneas
de desarrollo psíquico parten de un tronco común cuyas raíces se pierden muy
lejos en un pasado remoto”. (Jung)
Como
elementos nucleares del inconsciente colectivo aparecen los instintos y
los arquetipos, llamados por Jung en 1919 “dominantes de lo inconsciente
colectivo”.
Ambos
son como dos caras de la misma moneda: impulsos a la acción los instintos e
impulsos a la ideación los arquetipos.
Son
irrepresentables en sí. Los percibimos a través de sus efectos, una vez que
estos son captados por el sector consciente de la psique. Lo captado son “representaciones arquetipales” y de estas Jung dirá que pertenecen a la esfera de lo
psíquico, en tanto para el aspecto de base, irrepresentable, para el “arquetipo
en sí” destacando su carácter colectivo, dirá que corresponden a un “cuasi-psíquico”,
que su cualidad es lo “psicoideo”, comparándolo con el sistema axial de
los cristales que determina la estructura cristalina en la solución saturada
sin poseer, con todo, existencia propia. Lo mismo ocurre con los instintos.
Instintos
y Arquetipos se extienden, a través de lo biológico – los primeros – hacia la
materia, y los arquetipos hacia lo espiritual, entendido este último término no
como producto del intelecto ni como sublimación de los ciegos impulsos del
ello. El Espíritu aparece como elemento objetivo, natural, en oposición y
complementariedad con
la Materia.
Espíritu
y Materia son también dos caras de la misma moneda, son dos categorías filosóficas
del mismo nivel.
El
concepto de materia no se debe confundir – como habitualmente se hace –
identificándolo con uno de sus aspectos posibles, el aspecto másico.
La
materia tiene dos aspectos: el de masa y el de energía. Como Einstein puso de
manifiesto, entre estos dos aspectos hay una equivalencia dada por su famosa
fórmula que indica que el factor de proporcionalidad entre masa y energía es el
cuadrado de la velocidad de la luz: E=
c2 ´ m
Dentro
de lo inconsciente colectivo hay niveles, actúan estratificaciones sobrepuestas
al último nivel correspondiente a la especie – y aún más remotamente a través
de nuestros antepasados animales – (naciones, etnias, diversos grupos humanos,
individuo).
Estas
estratificaciones producidas en el decurso histórico determinan constelaciones
arquetipales comunes.
Pero,
¿qué es una constelación arquetipal?
Los
arquetipos disponen de niveles energéticos impresionantemente elevados (que se
corresponden a lo que en física cuántica se denomina: ‘energía de punto cero’ ). Por ello
son aptos para vehiculizar fenómenos espectaculares aún fuera del ámbito en el
que inicialmente fueran propuestos, es decir, el ámbito psíquico.
Los
fenómenos indicados – entre los cuales se encuentran los sucesos sincronísticos
y dentro de estos los fenómenos parapsicológicos – pueden producirse cuando los
arquetipos asociados a los mismos se hallan constelados.
Para
interpretar lo que sucede imaginemos que, respecto a esta energía, el arquetipo
es como un vaso lleno de agua, que representa la enorme energía en cuestión.
Este sería el estado ‘natural’ del arquetipo.
Si a
este vaso agregamos unas pocas gotas, el agua contenida desbordará y en estas
circunstancias decimos que él - o los arquetipos – se hallan ‘activados’ o
‘constelados’ (introducimos el plural: ‘los arquetipos’, pues suele suceder que
no sólo se activa uno de ellos, sino toda una matriz arquetipal de la cual
forma cada uno parte, se dice que los arquetipos se hallan “contaminados” entre sí).
El
resultado es que con relativamente escasa energía – que es la que produce la
activación arquetipal – se pueden producir efectos energéticos de niveles muy
superiores en nuestro mundo fenoménico, a esto se lo suele denominar: “comportamiento
transgresivo del arquetipo”.
¿Qué
se entiende con ello?
El
arquetipo aparece actuando en el plano psíquico a través de las representaciones
arquetipales, pero no podemos limitarlo a un ‘nada más que esto’. Su esfera de
acción se extiende ilimitadamente hacia el nivel espiritual por un lado, pero
se extiende también en forma ilimitada hacia el nivel de la materia. Ello es
debido a su complementariedad con el instinto, el que a su vez, además de poder
penetrar en el plano psíquico – proceso denominado ‘psiquización del instinto’
- , como otra dominante de lo inconsciente colectivo, con su característica
psicoidea, se extiende a través de lo fisiológico hacia el nivel de la materia.
En
virtud de la complementariedad misma de espíritu y materia, en ciertas ocasiones,
el arquetipo expresa patrones de ordenamiento comunes tanto en el plano psíquico,
‘interno’, como en el plano físico, ‘externo’.
A esto
último aludimos cuando hablamos de ‘comportamiento transgresivo del arquetipo’.
Se debe tener presente que no se expresa con ello una relación de causalidad,
el arquetipo no es el ‘productor’, en el sentido de causa del fenómeno físico,
sino que obra a modo de catalizador en una reacción química, dando curso sobre
ambos niveles – apreciados como diferentes a través de los procesos de
captación consciente – a ese patrón común de ordenamiento, asociado con el
elemento de significado del fenómeno en curso.
En el
arquetipo se pueden distinguir cuatro elementos:
1- Componentes
dinámico-emocionales
Estado de ánimo que afecta a toda la
personalidad.
2- Simbolismo
Imágenes psíquicas específicas captadas por
la consciencia.
3- Componente
material
Contenido de sentido aprehendido por la
consciencia.
4- Estructura
del arquetipo
Red compleja de organización psíquica que
incluye a los elementos anteriores.
¿ Cómo se originarían los arquetipos?
Jung a
pesar de indicar que, en última instancia, no se podía dar cuenta de ello (por
ser trascendentes a la consciencia) daba dos tipos de líneas explicativas:
“a) Resultarían del depósito
de las impresiones superpuestas dejadas por ciertas vivencias fundamentales,
comunes a todos los humanos, repetidas incontablemente a través de los
milenios. Vivencias típicas, tales por ejemplo, como emociones y fantasías
suscitadas por fenómenos de la naturaleza, por las experiencias con la madre,
por los encuentros del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre,
vivencias de situaciones difíciles como la travesía de los mares y de grandes
ríos, el cruce de montañas, etc.”
“b) Serían disposiciones
inherentes a estructuras del sistema nervioso que conducirían a la producción
de representaciones siempre análogas, o similares. Del mismo modo que existen
pulsiones heredadas para actuar de modo siempre idéntico (instintos),
existirían tendencias heredadas a construir representaciones análogas o semejantes.”
(Nise Da Silveira)
“Sea cual fuere su
origen, el arquetipo funciona como un nódulo de concentración de energía
psíquica. Cuando esta energía, en estado potencial, se actualiza, toma forma,
entonces tenemos una imagen arquetípica. No podemos denominar a esta
imagen como arquetipo, porque el arquetipo es únicamente una virtualidad.”
(Nise Da Silveira)
Personificaciones
de origen arquetipal – Proceso de Individuación
Existen
en relación con la psique del hombre innumerables arquetipos, tantos como
situaciones típicas haya atravesado la especie en el decurso histórico.
Una
serie de arquetipos surgen en relación con lo Arquetipal Femenino y lo Arquetipal
Masculino que encarnando a través de las figuras paternas darán origen
dinámico a
la Gran
Madre
y al Gran Padre en sus diversas variantes. Estos en su diferenciación, a su vez darán paso al Ánima y al Ánimus, que en forma ideal deberían llegar a constituirse – luego de
un arduo trabajo – en funciones de relación de la consciencia con el mundo de
lo inconsciente, el ánima como contrafigura de género en el hombre y el
ánimus como contrafigura de género en la mujer. Además la proyección de los
arquetipos del ánima y del ánimus – en lo externo – conducirá al apasionamiento
por una mujer u hombre y a la posibilidad de la formación de una pareja
estable.
Otra
serie de arquetipos están relacionados con situaciones típicas como: el
arquetipo del Vado, el del cruce de las Grandes Aguas, el de
la
Encrucijada
, etc., todas situaciones de gran peligro o que requieren de
decisiones cruciales.
Otros
reflejan una orientación respecto a la totalidad como el arquetipo de
la
Cuaternidad
, o arquetipos del Orden como los números naturales.
Pero
hay además una estructuración fundamental en torno a personificaciones
arquetipales que hacen al desarrollo humano, a la ampliación de la consciencia
y al logro de una mayor creatividad, en lo que Jung denomina: “Proceso de
Individuación”.
Este
es un proceso que se desarrolla en forma inconsciente durante una gran parte de
la existencia. Recién cuando se alcanza la “mitad de la vida” –
comprendido esto no estrictamente en el sentido cronológico, sino evolutivo en
el curso de una encarnación – se llega a la posibilidad de vivenciarlo conscientemente.
No por casualidad la “Divina Comedia” tiene estas palabras en su comienzo:
“A mitad del camino de la vida
yo me encontraba en
una selva oscura.”
Las
personificaciones de núcleo arquetipal que marcan el estado y la dinámica del Proceso
de Individuación, aparecen en forma natural a través de la producción onírica y
pueden activarse mediante una extensión de esta producción con los métodos que
Jung desarrolló y que denominara como: “Imaginación Activa”. Dichas
personificaciones son:
1-
La
Personna
Conjunto de máscaras exteriores de un
individuo que le sirven como función de relación y adaptación con la realidad
exterior.
2-
La
Sombra
Nuestro lado oscuro interior.
3-
La
Syzigia
– Anima/Animus
Contrafiguras sexuales psíquicas. Anima del
hombre. Animus de la mujer.
Funciones de relación con el Inconsciente
Colectivo
Arquetipo de
la Vida.
4- El Anciano Sabio/
La
Magna Mater
Arquetipos del Significado y del Mundo
Ctónico.
5- El Sí-Mismo
Arquetipo central de
la Psique. Arquetipo
Luz.
Organizador principal.
Dios en el Individuo. Chispa Divina.
Faltaría
remarcar para cerrar esta primera aproximación a lo inconsciente colectivo, que
en este nivel se produce la máxima relativización de lo espacio-temporal, hasta
los extremos de su anulación y aún – desde el punto de vista consciente – de
obtenerse una inversión temporal, es decir poder recibir lo consciente, por
ejemplo, información – ya sea onírica, auditiva, visual, etc. – sobre sucesos
que ocurrirán en el futuro temporal, o también poderse captar a nivel
consciente sucesos que ocurren fuera del alcance por los sentidos – en su
estado ‘normal’ – en lo referido a lo espacial.
(Continuará)
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